La cuestión del “estilo literario” y su fuerza comunicativa.

¿Cuándo se puede hablar de un estilo literario? ¿Es el estilo algo que permanece inalterable en el tiempo, como una firma, un sello personal, una marca imposible de borrar?

El estilo como marca personal

La ilustración con que se inicia esta entrada no está firmada, pero cualquiera que haya leído a Quino, lo habrá reconocido de manera inconfundible. ¿Cuándo se puede hablar de un estilo literario? ¿Es el estilo algo que permanece inalterable en el tiempo, como una firma, un sello personal, una marca imposible de borrar?

“Tal cosa es consustancial al estilo propio, aunque no se trate, únicamente, del estilo. Se trata, en suma, de la firma inimitable que pone en todas sus cosas el escritor. Este es su mundo y no otro. Esto es lo que diferencia a un escritor de otro. No se trata de talento. Hay mucho talento a nuestro alrededor. Pero un escritor que posea esa forma especial de contemplar las cosas, y que sepa dar una expresión artística a sus contemplaciones, tarda en encontrarse” (R. Carver)

De pequeña me gustaba leer mucho. Leía prácticamente todo lo que encontraba y cuando terminaba un libro iba rápido a escribir algo a raíz de alguna idea que “se me ocurría” después de mi lectura inicial. En realidad estaba copiando, haciendo un plagio inconsciente. Mucho después me daría cuenta de que en realidad, estos plagios inocentes son la base para desarrollar un estilo propio. Y todavía hoy pongo en marcha esta práctica, ya de forma consciente, como ejercicio literario al igual que lo hacían escritores de la talla de Antòn Chéjov.

 

Y es que se dice que desarrollar un estilo es muy importante a la hora de escribir. Pero, ¿qué es tener estilo? ¿Se puede no tener estilo? Esta palabra recuerda mucho a la moda. Se dice de alguien que se viste de tal o cual manera que tiene un estilo elegante, hippie, informal, retro… Entonces ya tenemos una pista: pareciera que el estilo tiene que ver con la forma que le damos a algo; con un elemento externo, una apariencia. Porque es posible que el que se vista elegante, se pase el día hablando burdamente; que quien usa ropa hippie sea el más capitalista de todos; que quien elija trapos informales, sea un multimillonario… en fin, que las apariencias engañan.

 

Pero también, admitámoslo, el estilo comunica. Es algo que tenemos para decir al otro. Y por norma general, quien se viste elegante está dando muestras de distinción. De igual manera, quien ostenta un estilo elegante en literatura, quiere distinguirse de la escritura vulgar que pulula por los estantes de los best-sellers al estilo de Quién se ha comido mi quesito o similares.

“Todo lo que escribo es autobiográfico, no cuento nada tal como ocurrió. Una prueba de que soy un poeta, aunque no estoy seguro de serlo, es que tiendo a reducir todo en fábulas; en metáforas, es decir nunca cuento nada abiertamente y entiendo que ese es el deber del escritor, porque si no, es simplemente un periodista o historiador, y el poeta tiene que ser otra cosa. Poeta en griego significa hacedor. Uno tiene que hacer algo” (Borges).

A veces es difícil determinar el estilo de un libro. Pero más difícil aún es determinarlo de un escritor. Para hacerlo, tenemos en cuenta diferentes rasgos personales que el autor utiliza para comunicar algo. Por lo general, el estilo es el que logra que no podamos dejar de leer la obra y es también el culpable de que queramos tirarla por la ventana con sólo haber leído dos páginas.

“Y cuando hoy decimos que el estilo de tal autor de ayer nos resulta insoportable, no nos referimos al fondo, sino a los oropeles, lutos, amaneramientos y orfebrerías, de la adjetivación” (Alejo Carpentier)

Me gusta pensar que el estilo comunica el alma de quien escribe. O por lo menos cierto estado de ánimo. Puedo transmitir mi desesperación, mi ansiedad con un estilo caótico y desordenado, haciendo que las palabras se atropellen unas a otras, como si en vez de escribiendo estuviese pensando de manera rápida. Puedo transmitir mi angustia, mi tristeza y desesperanza, recurriendo a metáforas profundas o simplemente utilizando frases muy cortas, cargadas de emocionalidad.

Por todo esto, si bien el estilo es una cuestión puramente formal, también revela cuestiones de contenido y profundidad. Por el mismo motivo, no puede hablarse —en mi opinión— de un estilo permanente ni estable en el tiempo, porque el río de Heráclito no es siempre el mismo río. Y tampoco lo es quien  escribe. Por eso es bueno escribir de una sentada; no dejar pasar demasiado tiempo entre el inicio de una obra y su final.

“Para mí el estilo es una cierta tensión y esa tensión nace de que la escritura contiene exclusivamente lo necesario. Imagínese que la araña que hace de su tela un modelo de tensión, después le sacara unos flequitos de costado y los dejara colgar… La mala literatura está llena de flequitos. Es literatura con flecos” (J. Cortázar).

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