Hablando de Cortázar: Ana María Matute y el hombre de la estufa eléctrica.

Cortázar  y Matute

El lector de Cortázar no es un simple receptáculo de información. Ana María Matute te cuenta cómo la lectura de la obra de Julio Cortázar la ha transformado profundamente.

La lectura catártica de Cortázar

Dice Ana María Matute (en un prólogo cortito pero muy bello) que el primer libro de Julio Cortázar que leyó fue Bestiario tras lo cual ardió en ella un gran deseo de conocer al autor en persona. Bueno, ¿y quién no querría conocer a  Cortázar en persona después de leer Casa Tomada? Por suerte para Matute (¡Y para Cortázar!) ambos autores llegaron a conocerse. Son las ventajas de pertenecer al círculo literario y cultural de aquella época.

La relación que tenía Matute con los libros de Cortázar es la de una relación catártica. La escritora cuenta cómo la prosa cortazariana le proporcionaba alivio en los momentos difíciles.

«Cierto día en que me hallaba particularmente devastada, tuve la suerte de conseguir Historias de cronopios y de famas; busqué un rincón donde leer sin intromisiones y, apenas llegué a la última línea, supe que aquella lectura me había devuelto a un lugar donde, sin duda alguna, debía permanecer para siempre. Un lugar del que, sin razón apreciable, me había —o me habían— desterrado»

(Ana María Matute, Prólogo de La isla a mediodía y otros relatos)

El Gran Estupefacto

Pese a la centralidad de Cortázar en el cuento, Matute ve en el autor “al más importante novelista de nuestros días” e incita al lector a olvidarse de los cánones establecidos, a desaprender los moldes adquiridos de “eso que dieron en llamar literatura”. Invita a desnudarse, a despojarse de todo lo conocido. Y es que ya dijimos en otra entrada, que para leer a Cortázar —como sucede con las cosas que nos pueden deparar algo interesante en esta vida— hay que tener la mente abierta.

Pero hay más. Matute compara la experiencia lectora con una situación bastante irrisoria: Un hombre se dispone a enchufar una estufa eléctrica, buscando cierto bienestar en el calor que espera le produzca el artefacto. Pero al enchufarlo no recibe calor de la estufa, sino una fuerte descarga eléctrica que lo deja “vapuleado”. El hombre, fustigado, así como el lector de Cortázar, podrán responder al impacto de dos maneras: mandar al diablo a la estufa y al libro (“si fuerzas le quedan”) o adoptar la postura del “Gran Estupefacto, en el cual, en el rostro y la expresión, se marcarán las huellas indelebles de una vasta y enajenada sonrisa”.

Esa sonrisa es la que delata cierta complicidad con el autor. Es aquella que permite la contemplación de una verdad misteriosa, que nos hace salir del encuentro doloridos pero habiendo alcanzado una dosis de cierta “liberación hermosa, ácida y un poco escalofriante que supone el encuentro consigo mismo”.

“De toda la obra de Julio Cortázar alienta un exasperado deseo de llegar a desenmascarar la naturaleza humana”

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