Reseña de Cronopios y famas: Parte 2 (Manual de Instrucciones)

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El aburrimiento existencial se puede curar. El remedio es Cortázar y sus Historias de cronopios y de famas. En esta entrada analizamos y desmenuzamos su «Manual de instrucciones»

Un mundo – Ladrillo

Historia de cronopios y de famas es quizás de los libros más conocidos del gran Cortázar. Un genio, un loco, un demente… En este libro se respira poesía vestida de prosa. Una poesía que delira contra la obviedad, contra la rutina, contra la mediocridad del mundo cotidiano.

“La tarea de ablandar el ladrillo, todos los días, la tarea de abrirse paso en la masa pegajosa que se proclama mundo, cada mañana topar con el paralelepípedo de nombre repugnante, con la satisfacción perruna de que todo está en su sitio, la misma mujer al lado, los mismos zapatos, el mismo sabor de la misma pasta dentífrica, la misma tristeza de las casas de enfrente, del sucio tablero de ventanas de tiempo con su letrero Hotel de Belgique”.

Esta es la hermosa y durísima introducción a la obra que estamos a punto de leer. Resulta sencillo darse cuenta de que se está ante una posición crítica frente a lo que muchos no se paran a pensar: lo repetido, lo cotidiano, lo hueco, lo banal, el orden. ¿Alguna vez has pensado en el hecho de que despertarse cada día y ver exactamente lo mismo es realmente algo espantoso?

La palabra TAREA se repite dos veces en este párrafo. Una tarea es algo que se impone, que hay que hacer por obligación. La vida se impone. La metáfora del ladrillo aparece por primera vez y volverá a surgir en la obra. En todas las Historias de cronopios… la pared de ladrillo es un símbolo de aquello que nos ata (sí, como en The Wall). El ladrillo es aquello irrompible de cada día; es lo obvio, lo esperable. Las personas buscamos cada día ablandar ese ladrillo. Y es que uno intenta “abrirse paso” en medio de una masa opresora de un mundo que impone lo vulgar.

A mí esto me recuerda un poco a mi relación con la literatura. Para mí, la literatura es la manera más eficaz de ablandar ladrillos. ¿Y no será que cada vez quedan menos espacios para ablandar ladrillos?

 

La actitud de toro desganado

“Meter la cabeza como un toro desganado contra la masa transparente en cuyo centro tomamos café con leche y abrimos el diario para saber lo que ocurrió en cualquiera de los rincones del ladrillo de cristal”.

CortázarQué poca motivación parece sentir el ser humano por eso que ha creado, por esa rutina monstruosa de ese mundo (esa “masa transparente” o “masa pegajosa”). Y siempre lo mismo, siempre el mismo café con leche y el mismo diario. Reaparece el ladrillo, esta vez de cristal, lo que indica que el mundo —aún con su rigidez— es frágil. Construimos cotidianeidad en un mundo totalmente frágil y vulnerable, donde pasan cosas horribles que salen en los diarios y que leemos por las mañanas.

Es innegable el componente de subversión frente a lo cotidiano, pero no creo que Cortázar esté yendo en contra de lo cotidiano en sí mismo sino contra una determinada actitud frente a lo cotidiano: la actitud de toro desganado, de no cuestionarnos nada, de actuar con la normalidad que exige cada mañana con su despertador y su desayuno correspondiente.

El miedo al cambio y a las relaciones sociales

“Negarse a que el acto delicado de girar el picaporte, ese acto por el cual todo podría transformarse, se cumpla con la fría eficacia de un reflejo cotidiano. Hasta luego, querida. Que te vaya bien”.

Esto es poesía pura, el más puro estilo cortazariano. Girar el picaporte es de por sí un acto delicado, porque implica una necesidad motriz fina. ¿Por qué se habría de negar uno a girar un picaporte? Porque este acto implica abrir una puerta, acción por la cual “todo podría cambiar”. En tres líneas se está hablando del miedo al cambio.

Considero que este párrafo es muy simbólico. No se está hablando de una puerta en sí misma, sino de un paso del mundo individual y privado al mundo social y público. Y es lógico que esto entrañe un gran riesgo que muchas veces queda negado, no estándose dispuesto a asumirlo. Y cuando no estamos dispuestos a asumirlo, entonces nos quedamos en la “fría eficacia de un reflejo cotidiano”. Otra vez, se está hablando de esa actitud del hombre moderno carente de crítica y sumido en lo cotidiano como programado para ello, como si fuera un robot.

Cortázar cierra el párrafo con ese “Hasta luego querida. Que te vaya bien”, que nos suena a palabra hueca, a algo que se dice por decir, como un formalismo que no agrega nada a la comunicación. Entonces varias cosas nos está diciendo el párrafo: tenemos miedo al cambio, miedo a salir al exterior y miedo de implicarnos en relaciones significativas que no sean huecas.

“Apretar una cucharita entre los dedos y sentir su latido de metal, su advertencia sospechosa. Cómo duele negar una cucharita, negar una puerta, negar todo lo que el hábito lame hasta darle suavidad satisfactoria. Tanto más simple aceptar la fácil solicitud de la cuchara, emplearla para revolver el café”

Lo insignificante y lo maravilloso

nadaHace poco escribí un cuento infantil sobre un niño que admiraba a los caracoles, bichos que a los adultos nos resultan bastante insignificantes, como las cucharitas. ¿Qué tiene de interesante una cucharita? Desde el universo infantil, no se negaría la importancia. Los adultos tendemos a negar la importancia del entorno porque perdemos la curiosidad, nos acostumbramos, nos hundimos en el hábito y dejamos de cuestionarnos sobre las cosas. Nosotros no somos capaces de ver en una cucharita nada más allá de un instrumento para revolver un café. El ojo de muchos artistas (o de muchos niños y niñas) seguramente pueda ir más allá de esa visión.

“Y no que esté mal si las cosas nos encuentran  otra vez cada día y son las mismas. Que a nuestro lado haya la misma mujer, el mismo reloj, y que la novela abierta sobre la mesa eche a andar otra vez en la bicicleta de nuestros anteojos, ¿por qué estaría mal? Pero como un toro triste hay que agachar la cabeza, del centro del ladrillo de cristal, empujar hacia afuera, hacia lo otro tan cerca de nosotros, inasible como el picador tan cerca del toro”.

Aquí Cortázar confirma lo que imaginé en un primer momento. No es que esté mal lo cotidiano, lo repetitivo. Lo que el autor critica es nuestra postura frente a ello. El “toro triste”, desmotivado, del que hablábamos antes; el hecho de “agachar la cabeza”, la impotencia de no hacer nada, de no intentar hacer nada más y sucumbir ante la realidad.

En relación a “lo otro tan cerca de nosotros”, entiendo aquí la referencia a las relaciones con los demás. No llego a comprender del todo la cita que refiere aquello “inasible como el picador tan cerca del toro”. Un picador —en el mundo de la tauromaquia— no es otra cosa que aquella persona que prepara al toro para “el tercio”, es decir, el que lo acerca a la muerte.  Puedo entonces imaginar que lo que el autor está resaltando aquí es la necesidad de abandonar la actitud que tanto critica, salir al mundo, salir al encuentro con los demás, que se encuentran cerca nuestro como también lo está la muerte misma. Como si nos metiera prisa por vivir la verdadera vida (porque nos vamos a morir pronto) y escapar de lo obsoleto.

“Castigarse los ojos mirando eso que anda por el cielo y acepta taimadamente su nombre de nube, su réplica catalogada en la memoria. No creas que el teléfono va a darte los números que buscas. ¿Por qué te los daría? Solamente vendrá lo que tienes preparado y resuelto, el triste reflejo de tu esperanza, ese mono que se rasca sobre una mesa y tiembla de frío”.

A mi juicio, el texto sube en intensidad con este párrafo donde lo que se pretende es sacudir al lector de su estado de “espera”, que el autor rechaza tajantemente. ¿Por qué castigarse ocupando el tiempo en lo que ya se sabe de sobra conocido? ¿Por qué buscar respuestas en los mismos lugares de siempre? El teléfono no te da los números de nada, eres tú el que tiene —en todo caso— que introducirlos en él. Al final siempre vendrá lo que uno espera que venga… y eso es triste ¡porque se suele esperar cosas tan obvias! La metáfora del mono contrasta con la del toro.

Destruyendo la rutina

Rómpele la cabeza a ese mono, corre desde el centro de la pared y ábrete paso”.

Destruyamos la rutina, destruyamos la esperanza (en el sentido en que fue descrita anteriormente).  Salgamos del centro de la pared (del encierro de ladrillos) y empampémonos de mundo. Se trata de vivir intensamente.

“¡Oh, cómo cantan en el piso de arriba! Hay un piso de arriba en esta casa, con otras gentes. Hay un piso de arriba donde vive gente que no sospecha su piso de abajo, y estamos todos en el ladrillo de cristal. Y si de pronto una polilla se para al borde de un lápiz y late como un fuego ceniciento, mírala, yo la estoy mirando, estoy palpando su corazón pequeñísimo, y la oigo, esa polilla resuena en la pasta de cristal congelado, no todo está perdido”.

Complejo párrafo de un texto que se va aproximando a su final. Alude a que en este mundo somos todos prisioneros pero existen algunos prisioneros que son más felices porque se alejan de la normalidad, de lo acostumbrado, de lo vulgar. El autor cierra el texto con una posición optimista. Siempre estamos a tiempo de volver a alimentar la curiosidad, a mirar el mundo desde otra postura, a entusiasmarnos por el bichito más insignificante (porque también ese bichito pone de relieve lo milagroso de la vida).

Las metáforas utilizadas por Cortázar en este texto se repiten, con lo cual no es difícil mantener la lógica el entendimiento del relato (se vuelve a hablar de la pasta de cristal congelado, para hacer referencia a la parte más fría y solitaria del mundo al que se equipara a un gran cristal)

“Cuando abra la puerta y asome a la escalera sabré que abajo empieza la calle; no el molde ya aceptado, no las casas ya sabidas, no el hotel de enfrente; la viva floresta donde cada instante puede arrojarse sobre mí como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las mire, cuando avance un poco más, cuando con los codos y las pestañas y las uñas me rompa minuciosamente contra la pasta del ladrillo de cristal, y juegue mi vida mientras avanzo paso a paso para ir a comprar el diario de la esquina”.

Gran final lleno de vida, de optimismo en el ser humano y su capacidad para cambiar su actitud conformista y enfrentarse al mundo desde otro ángulo. No tenemos por qué vivir en un mundo de manera fría, conformista, aburrida. Cada instante nos puede ofrecer algo nuevo, sólo hay que tener la voluntad de descubrirlo. La vida es un juego y podemos tomárnosla como un juego, incluso aunque hagamos cosas rutinarias como comprar el diario.

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