Filosofía oriental y occidental: puntos de diferencia y unión.

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En esta entrada analizamos las diferencias, pero sobre todo las similitudes entre la filosofía griega antigua y el pensador chino antiguo Lao -Tze.

Puentes entre los griegos y los chinos antiguos

En una entrada anterior, hablamos de dos características del pensamiento de la antigua China, reflejado en el libro del sabio Lao Tse o Lao Tze, el gran Libro del Tao Te Ching. En resumidas cuentas, hablamos de dos aspectos:

  • El concepto del Tao, como la unidad de la que emanaban todos los contrarios. De manera que el pensamiento chino abogaba por una concepción del mundo en elementos contrarios, pero que son a su vez complementarios (pues uno, sin el otro, haría desaparecer la cosa en sí).
  • El concepto de no-acción, en el sentido de no intervenir en el flujo de los acontecimientos, de aceptación de los cambios.

En esta entrada pretendo demostrar que ninguno de estos dos aspectos son, en realidad, tan diferentes de los estipulados por los filósofos griegos antiguos. Las grandes ideas suelen coincidir en sus puntos fundamentales. El tao, se relaciona bastante a la idea del Ser parmenideano. Por su parte, el concepto de no-acción tiene mucho que ver con la ataraxia de los antiguos griegos.

 

El concepto del Tao.

El filósofo Karl Jasper afirma que  Lao Tse es heredero de una tradición donde Tao es sinónimo de camino, pero que también se traduce como logos, razón, Dios, sentido. El Tao es lo más originario, el Principio, la Totalidad que se puede encontrar en la realidad que nos rodea. Es aquello en lo que confluyen todos los elementos contrarios, la materia prima de todo cuanto conocemos. El Tao implica un movimiento que va de un opuesto al otro.

Los postulados de los antiguos sabios chinos tienen una relación bastante fuerte con lo que planteaban los antiguos griegos, especialmente los presocráticos (Heráclito y Parménides, incluso Pitágoras). La idea de buscar el conocimiento verdadero, desligarnos de las apariencias, son aspectos compartidos. Sin embargo, sería erróneo creer que todos los filósofos antiguos dijeron la misma cosa, pues presentan claras diferencias de contenido. En el concepto taoísta, se explica que el Ser proviene del No Ser (es decir, que todo proviene de la nada), mientras que Parménides explicaba que  Ser y No ser son caminos totalmente opuestos.

La unidad de todas las cosas también es explicada por Heráclito. También este filósofo griego veía que los contrarios eran lo que constituía el mundo. Hay armonía y hay conflicto. Del conflicto surge la armonía. En esto consiste el devenir, el cambio. La idea de que todo fluye, todo cambia, todo va de un lado al otro, tiene mucho que ver con esta idea suya del equilibrio, de la armonía que emana del conflicto.

La idea de cambio continuo es compartida por Lao Tse, así como la idea de los ciclos. La metáfora heracliteana del fuego es comparable a la del Yin y el Yang. La visión heracliteana del Logos como elemento universal que subyace a los cambios, también es similar a la del Tao porque el Tao es el elemento que produce los opuestos. Tanto Heráclito como Lao Tse hablan de opuestos que en realidad no son tan opuestos, ya que son parte de una misma cosa, una misma naturaleza, dos caras de una misma moneda.

En su evolución posterior, los filósofos griegos —fundamentalmente con Platón y Aristóteles— se centraron en buscar el Principio universal a modo de sustancia. Esta es para mí, la principal diferencia con el pensamiento oriental, ya que éste entiende el Tao como un proceso (no como una sustancia), un proceso que es dinámico y que va de un extremo al otro, entendiendo todos los acontecimientos de la vida como dos caras de la misma moneda. Según esta visión, todo retorna a su punto de origen (que es el Tao).

El concepto de no acción y de ataraxia.

En el capítulo 3 del libro del Tao, Lao Tse afirma lo siguiente:

“El sabio gobierna de modo que vacía el corazón, llena el vientre, debilita la ambición y fortalece los huesos. Así evita que el pueblo tenga saber ni deseos, para que los más astutos no busquen su triunfo. Quien practica el no-obrar todo lo gobierna”. (Lao Tze)

Esta cita viene a resaltar el elemento de no-acción al que nos habíamos referido al inicio de esta entrada. Esta idea es bastante sencilla de entender: en el deseo está todo el mal del ser humano. Si yo deseo tener una casa grande, voy a sufrir por tenerla (ya que temeré perderla) y también voy a sufrir por no tenerla (ya que tendré esa frustración). Lo mejor es cortar el problema de raíz, cortar el deseo. Esto solo puede lograrse partiendo de una absoluta calma o paz interior, algo que me permita fluir como fluye la vida. No tener la necesidad de imponer mi voluntad ante lo que la vida me depare.

En mi opinión, esta idea también la habían traído a colación los antiguos griegos, fundamentalmente los seguidores de Sócrates y fundadores de las distintas escuelas menores, quienes se la pasaban hablando de un elemento al que valoraban como imprescindible para la felicidad: la ataraxia. Este concepto se define muchas veces como un estado de imperturbabilidad del alma, una quietud del espíritu. La ataraxia implica también el desapego de cuanto acontece.

La quietud de la mente, la quietud del cuerpo, la apatía griega… yo encuentro que todo esto está muy relacionado. Tanto para unos como para otros, esta quietud es lo que da la posibilidad de ser más conscientes del entorno. Los griegos también llamaban Hesiquia a este silencio interior.

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