Sobre el diálogo “La República” de Platón.

En esta entrada comentamos uno de los diálogos más famosos y controvertidos de Platón, que se inserta dentro de su teoría política.

 

Ya hemos hecho una BREVE INTRODUCCIÓN A LOS DIÁLOGOS POLÍTICOS DE PLATÓN y también nos hemos adentrado en ALGUNOS DE SUS DIÁLOGOS, donde asoma la teoría política de un Estado ideal según Platón. En esta entrada nos queda analizar el diálogo político más importante del autor: La República.

Libro II – Polémica sobre la justicia y el surgimiento del Estado.

¿Qué es la Justicia? ¿Es la justicia buena para quien la practica o sólo es buena para quien la recibe? Platón, como es costumbre, en boca de Sócrates, deberá demostrar que la justicia es siempre un bien.

Las teorías contractualistas destacan que la política es necesaria a modo de un pacto entre los seres humanos, si pretenden vivir en sociedad. Pero así entendida, la justicia sería algo más bien egoísta, cuyo fin es evitar una especie de caos, pero que en realidad estarían encantados con imponer su voluntad violentamente.

El personaje Glaucón plantea que una persona invisible, capaz de actuar con impunidad, realizaría siempre actos violentos.

¿Quién no se ha preguntado alguna vez si las personas harían el mal en caso de tener la certeza de no ser castigadas por ello? ¿Son las normas y leyes formas de coartar la violencia implícita en las personas?

Para salvar la justicia como un bien personal, Sócrates realiza la siguiente aportación: clasifica los bienes en tres tipos.

  • Bienes deseables por sí mismos
  • Bienes deseables por aquello de lo que ellos resulta
  • Bienes deseables tanto por sí mismos como por aquello de lo que ellos resulta.

Para Esquilo, hay hombres que no quieren parecer buenos, sino serlo. Hay quienes tienen apariencia de justos pero no lo son, sino que utilizan dicha apariencia para obtener las recompensas de dicha justicia. El hombre injusto con fama de justo, será visto por muchos hombres como más feliz que el hombre justo con fama de injusto (es importante aquí la comparación con la situación de Sócrates, que es un hombre justo que fue acusado de injusto y muerto por ello).

Por otro lado, habrá que refutar también el argumento religioso que afirma que los justos serán recompensados en el más allá. ¿Y si los dioses no existen? ¿Y si existen, pero no se inmiscuyen en asuntos humanos? No es fiable el argumento religioso, teniendo en cuenta que se parte de la idea de que es posible ganarse el favor de los dioses mediante el rezo. La pregunta que se desprende aquí es: ¿Por qué motivo elegiremos ser justos, si la injusticia es posible expiarla mediante rezos y libaciones?

Adimanto sostiene que desde pequeños se nos ha enseñado que lo justo se retribuye con recompensas. Pero si desde pequeños se nos hubiese enseñado, más bien, que la justicia es un bien por sí mismo (independientemente de las recompensas, o incluso a pesar de la carencia de recompensas), no tendríamos la necesidad de vigilarnos los unos a los otros para no cometer injusticias. Cada uno de nosotros sería su propio juez y su propio vigilante.

En boca de Sócrates se comienza a realizar un alegato a favor de la Justicia en tanto un bien en sí mismo. Se establecen las siguientes premisas:

  • Hay una justicia del Estado y una justicia personal.
  • El Estado es algo más grande, por tanto será más fácil examinar la justicia que hay en los estados que examinar la justicia a un nivel individual.

El Estado nace a causa de la carencia individual para abastecernos. Necesitamos de los demás para poder suplir necesidades individuales. Intercambiamos bienes, entonces, en realidad, pensando en nuestro propio interés. Sócrates habla de un Estado al que llama “Estado sano” y que es aquel que se limita a satisfacer las necesidades elementales y donde las personas se reproducen en función a sus recursos, evitando así las guerras y la pobreza.

Pero también hay un Estado más complejo, donde existen necesidades no inmediatas: el arte, la existencia de ganado variado para comer carne, instituciones y profesiones pedagógicas, etc. En un Estado así, harán falta más médicos. En este Estado, sobrepasaríamos el límite de nuestros recursos y surgirán las guerras (vemos cómo Platón establece que todas estas problemáticas que van surgiendo son inevitables y consustanciales al desarrollo de la polis). La división de tareas unida a la necesaria aparición de guerras, hacen de obligado cumplimiento la creación de un ejército especializado, una clase de guardianes que solamente se ocupen del cuidado de su territorio y no pierdan el tiempo en otra cosa que no sea esto.

Libro III – Sobre la comunidad de guardianes y gobernantes.

La clase de los guardianes, defendida en la República, establece dos tipos: los gobernantes y los auxiliares. ¿Fue Platón realmente totalitarista? Esta pregunta se puede analizar intentando entender cómo soluciona Platón el problema de quién debe gobernar la polis y quiénes deben ser gobernados. Los gobernantes deben ser:

  • Los más ancianos, los más experimentados
  • Los mejores de los mejores.
  • Aquellos que miren por el interés del Estado, no por el interés propio. Aquellos que son, pues, educados para pensar así.

Me llama la atención la importancia que da Platón al elemento cognitivo intelectual de los gobernantes. Es decir que es importante que los gobernantes piensen correctamente, no pierdan el correcto razonar. ¿Cómo pueden perderlo? Por robo, violencia o por embrujo:

  • Por robo: Pueden cambiar de idea o bien olvidar una idea a causa de un discurso o a causa del tiempo.
  • Por violencia: aquellos a los que alguna pena o sufrimiento hacen cambiar de opinión.
  • Por embrujo: aquellos que cambian de opinión, seducidos por el hechizo de un placer o paralizados por algún temor.

Los guardianes son, por tanto, personas fuertes (emocional y cognitivamente). No se dejan llevar ni engañar fácilmente ni se olvidan de su misión, que es darse al bienestar del Estado. Y sin embargo, Platón aduce la necesidad de generar una educación para estos guardianes que está basada en una “mentira noble” que les permita adueñarse de esta actitud protectora hacia su propio pueblo. Esa mentira noble estará basada en el mito, la leyenda, y servirá para aumentar la preocupación hacia el Estado y hacia sus conciudadanos; una suerte de “creencia popular”.

Por otro lado, existirán mecanismos de control en la clase de los guardianes. No por ser más fuertes pueden actuar conforme a su voluntad y con injusticia. Por eso es tan importante que estos hombres reciban una buena educación. Además, es necesario que cuenten con bienes suficientes para no tener necesidad de ir a tomar los bienes ajenos. Se trata de la famosa comunidad de bienes entre la clase de los guardianes. Pero no tendrán acceso a los bienes y riquezas privadas, para evitar su codicia y perdición por el dinero.

Libro IV – Sobre el significado de justicia y de otras virtudes del Estado y del Ciudadano.

Papiro con fragmento de La República.

Para que este Estado ideal prospere, no debe haber extremos de riqueza ni pobreza. Todo debe estar en equilibrio, cada parte cumpliendo con su rol. Las virtudes principales son la prudencia o sabiduría, la justicia, la valentía y la templanza o moderación. Si en una sociedad esas virtudes están presentes, se puede hablar de un Estado ideal. Ahora bien, estas virtudes se dan en el Estado  pero también se dan en el ciudadano a nivel individual.

La prudencia o sabiduría: En el Estado, hay distintas clases de sabiduría, de saberes. No es lo mismo el saber del carpintero que el del gobernante. Tiene que existir un conocimiento por el cual se delibere sobre el Estado en su totalidad, sobre las relaciones consigo mismo y con los demás Estados. Ese es el conocimiento adecuado para las tareas de vigilancia y gobernación: la función de los mejores guardianes. Este es el conocimiento que hace de un Estado, un Estado prudente y sabio. Pero este conocimiento sólo está en unos pocos ciudadanos (pues el conocimiento más común es el conocimiento concreto, técnico).

La valentía: Una sociedad será valiente si los encargados de realizar la guerra y la defensa del país, son valientes. La valentía es la conservación de la opinión engendrada por la ley acerca de aquello que es temible.

La moderación: Es descrita como una concordancia o armonía. Un tipo de control de los placeres, que posibilita ser dueños de nosotros mismos. Este hombre moderado, tiene dentro de sí una parte mejor y una parte peor; la parte mejor domina a la peor y entonces es cuando se dice que este hombre se gobierna a sí mismo. En el Estado, esto también sucede: hay una parte que es mejor y otra parte que es peor; el Estado será moderado si la mejor parte gobierna a la peor.

La justicia propiamente dicha tiene que ver con todo lo que se estuvo hablando en este diálogo, a saber, la división de tareas, la especialización de tareas (hacer lo que es propio de uno). Ser justo tiene que ver, dice Sócrates, con hacer lo que le corresponde a cada uno en el momento adecuado. Vemos aquí cómo existe un gran isomorfismo entre la conducta individual y la labor del Estado.

Libro V – El filósofo gobernante.

Platón

La justicia, por tanto, no es algo que hay que hacer en vistas de conseguir algo más. Es una virtud personal y estatal, que es buena para uno mismo. Para que la justicia pueda establecerse en la polis, es necesario que los filósofos gobernantes sean los que gobiernen. El filósofo no es solamente aquel que presume su propia ignorancia al estilo socrático, sino que el filósofo es para Platón aquel que puede llegar a contemplar las ideas más elevadas. ¿Por qué? Porque las cosas sensibles que nos rodean son apariencia (pueden ser y no ser bellas, útiles, etc.), mientras que las formas puras son siempre de una sola manera. Existe una verdad absoluta, y el filósofo es quien logra alcanzarla.

A menos que el poder político y la Filosofía coincidan en una misma persona, no habrá, querido Glaucón, fin de los males para los  Estados ni tampoco, creo, para el género humano.

Pero además, como para el pensamiento platónico no es posible la felicidad individual sin felicidad a nivel de Estado, se agudizan más las exigencias de un gobierno de filósofos.

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